#002 La voz artificial y un micrófono que estorba

José, un chico que trabaja en ventas y una asistente de inteligencia artificial conviven en un pequeño apartamento durante la jornada de home office de su protagonista. A pesar del buen salario y el tiempo libre del que goza, parece que su vida aún sigue incompleta. José y el año artificial es la nueva puesta en escena de la directora rosaritense Nancy Talamantes que se estrenó el 31 julio de 2026 en el foro del Instituto de Servicios Culturales.

La premisa prometía un discurso sobre cómo nos sumergimos cada vez más en la tecnología y cómo nos alejamos de las conexiones humanas, sin embargo el texto vagamente reflejaba la dependencia de José con Sasha, su asistente virtual, para que le recordara la hora de despertar y los pendientes que se le van acumulando. El texto perdía fuerza conforme iba avanzando la obra, pues no concretaba ningún conflicto que planteaba.  Si bien, planteaba situaciones actuales como los empleos a distancia o la frialdad de las telecomunicaciones, en ningún motivo se permitió reflexionar estos temas, sino fugazmente mencionarlos y pasar a otro sin más.

La presencia escénica de José, interpretado por el novelle Iván García, era opacada por una serie de acciones muy mecánicas y en ocasiones, torpe, y no lograba comunicar a un personaje alejado de sus amigos, sentenciado a una relación a distancia con su pareja y resignado al consuelo de la voz automatizada de Sasha, cuya voz real fue de Aurora Talamantes, quien de forma accidentada terminó teniendo un desarrollo de personaje, a pesar de no buscarlo.

Una de las oportunidades más desaprovechadas fue, precisamente, explorar la voz como estímulo para formar un vínculo entre ambos personajes. Los diálogos carecían de sensibilidad y profundidad, y fueron recitados bajo un micrófono con interferencias y su mala colocación impidieron comprender algunas de las frases, siendo que el foro es pequeño y no lo necesita. La dirección parecía más enfocada en avanzar la historia que en encontrar matices e identidad en la voz del personaje.

Lo que parecía una decisión intencional pero resultó muy desacertado que prácticamente toda la obra su protagonista diera la espalda al público. Se podría pensar en la deshumanización de José, quien perdería su capacidad de expresión para volverse alguien teledirigido y ser sólo una voz, como Sasha, pero el efecto conseguido fue que marcáramos distancia con el protagonista y presenciar un clímax que casi pasó desapercibido. No se entendió como producto de la inexperiencia del actor, sino como falta de atención a los detalles de la directora. Si los diálogos y acciones carecían de fuerza, no ver su expresión hizo que perdiera mucha credibilidad.

No hay mucho que agregar en una obra de muchas intenciones pero pocos resultados. La premisa es interesante y se desarrolla en un contexto que a día de hoy es objeto de debate incluso a nivel de reformas y leyes que buscan intervenir en regular las inteligencias artificiales y su impacto en la salud mental y emocional de los usuarios. El esfuerzo de su productora y elenco fue notorio pero aún carece de profundidad y solidez dramática. 

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