Después de una larga gira por el sur del país, el pasado miércoles 12 de agosto llegó al Foro Experimental del CEART Tijuana Gonzalo García González, enfundado —¿o habría que decir emplumado?— en la piel de Gallinancy, una peculiar gallina que llega al escenario para contarnos sus tragedias al más puro estilo de un programa de revista de la televisión abierta vespertina: Norte Cucú.
Gallinancy entra al escenario como toda una diva. No literalmente volando, porque, bueno, es una gallina, pero sí envuelta en un extravagante abrigo que simula plumas, acompañado de encaje, su característico pico y una actitud que deja claro, desde el primer momento, que no estamos frente a cualquier ave de corral.
La presentación, sin embargo, dura poco. El abrigo termina en manos del público y, con él, comienza un viaje por una granja donde nada parece ser tan sencillo como debería.
La historia gira alrededor de la desaparición de varias ovejas y de un gallo que, aparentemente, se ha convertido en toda una celebridad gracias a su propio programa de televisión. Gallinancy, acompañada por sus amigas gallinas, decide emprender la búsqueda y poco a poco comienza a asumir el papel de salvadora de la granja. Lo que inicia como una aventura para encontrar a los desaparecidos termina convirtiéndose en una transformación de la propia protagonista.
Porque Gallinancy no tarda en querer ocupar un lugar que quizá nadie le pidió.
Al principio es fácil empatizar con ella: quiere ayudar, busca respuestas y parece dispuesta a enfrentarse a quien sea necesario. Sin embargo, conforme avanza la historia, aquella heroína comienza a resultar incómoda. Sus decisiones, sus atribuciones y su insistencia por intervenir hacen que aquello que inicialmente admirábamos en ella empiece a volverse cuestionable.
Es precisamente ahí donde la obra deja de ser únicamente una historia absurda sobre una gallina investigadora y comienza a hablar de algo mucho más cercano: la censura, la autocensura y las distintas formas en que una sociedad puede limitar a quienes deciden cuestionar lo establecido.
La censura no aparece únicamente como parte del discurso de la obra; también se convierte en un recurso escénico. Mientras Gallinancy relata algunos episodios de su historia, determinadas palabras son interrumpidas por un oportuno “bip”, como ocurriría en un programa de televisión cuando alguien pronuncia aquello que no debería salir al aire.
El recurso provoca las risas del público, pero también hace visible aquello de lo que la obra está hablando. Incluso mientras Gallinancy intenta contar su propia historia, hay cosas que no puede decir.
El universo de Gallinancy se construye a partir del cabaret, la sátira, la crítica política y el teatro documental, combinando distintos lenguajes para crear una historia que se mueve constantemente entre la ficción y una realidad que resulta demasiado reconocible. A esto se suman el metateatro. El metateatro desempeña un papel vital en las producciones dramáticas al involucrar al público a un nivel más profundo e intelectual. En lugar de simplemente presentar una historia y personajes, las obras metateatrales animan al público a participar activamente en la experiencia teatral, la música y una interacción permanente con el público.

Gonzalo García González sostiene prácticamente por sí solo este universo. A través de distintas voces, títeres, videos, cámara e iluminación, construye a los habitantes de esta peculiar granja y consigue que cada personaje tenga una identidad propia. También canta algunas piezas a capela y rompe la cuarta pared en distintos momentos, haciendo que el público deje de ser un espectador pasivo para convertirse, por momentos, en parte de la granja: vacas, caballos y cerditos que terminan siendo cómplices de lo que ocurre en escena.
La escenografía acompaña eficazmente este recorrido. Una plataforma triangular de tres lados se desplaza por el escenario y, dependiendo de su posición, se transforma en distintos espacios de la granja: el corral, otros rincones del terreno e incluso la casa del granjero pedorro. Es un recurso sencillo, pero efectivo, que permite que la historia avance sin saturar el espacio escénico.
Pero si algo merece especial reconocimiento es el trabajo corporal y vocal de Gonzalo para dar vida a Gallinancy y a sus acompañantes. El personaje podría haberse quedado fácilmente en una caricatura, pero su construcción está llena de matices. Gallinancy es extravagante, divertida, vulnerable, incómoda y, por momentos, desesperante.
El público ríe con ella, pero llega un punto en el que también comienza a preguntarse si realmente quiere seguir acompañándola.
Entre las situaciones más absurdas que atraviesa Gallinancy hay una que, en principio, parece simplemente otro momento cómico. Después de toda una vida sin poner un huevo, el estrés de su aventura termina provocándole cólicos hasta que, finalmente, lo consigue: ¡se le sale un huevo!
La escena provoca carcajadas, pero, como sucede con buena parte de la obra, detrás del absurdo aparece una pequeña pregunta. Al final, cuando Gallinancy se marcha sin saber qué ocurrió con su huevito.
La expulsión marca también el momento en que Gallinancy pierde sus plumas. La imagen resulta poderosa: aquella gallina que entró al escenario cubierta de plumas, segura de sí misma y dispuesta a convertirse en heroína, termina desplumada y exiliada.
No parece casual que el autor, el también actor Herbey Rayas, haya elegido precisamente a una gallina para contar esta historia. Desde la propia concepción de la obra, la vulnerabilidad y lo efímero del animal permiten representar a alguien que, pese a parecer pequeño frente a una estructura mucho más grande, decide alzar la voz.
Gallinancy quiso salvar la granja y terminó fuera de ella. Quizá esa sea su tragedia, pero también podría ser su acto más rebelde: haber incomodado lo suficiente como para que ya no hubiera lugar para ella.
Gallinancy utiliza el humor, el absurdo y distintos lenguajes teatrales para hablar de algo que no siempre resulta tan divertido. La censura no siempre llega en forma de una prohibición evidente; a veces aparece como un límite, un silencio, una expulsión o incluso como ese “bip” que interrumpe aquello que alguien intenta decir.
Y así, aquella gallina que llegó al escenario volando —bueno, no literalmente, porque es una gallina—, cubierta de plumas y con aspiraciones de heroína, termina dejándonos una pregunta profundamente humana:

¿Cuánto de nosotros estamos dispuestos a perder cuando decidimos dejar de callar?

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