Al entrar al recinto, algo dejaba claro que aquella noche no sería un concierto cualquiera.
El escenario estaba cubierto de colores: telas azules, rosas, amarillas y moradas, papel picado, tres mariposas que parecían descansar delicadamente sobre el fondo, dos jarrones llenos de girasoles y algunos más reposando sobre el escenario. Al centro, un gran cuadro de Frida Kahlo nos observaba, mientras alrededor aparecían algunas de sus obras más reconocibles: Autorretrato con cabello recortado (1940), Las dos Fridas (1939), La columna rota (1944), Autorretrato con collar de espinas (1940) y Autorretrato dedicado al Dr. Eloesser (1940).
Velas, pinturas y pinceles completaban la escena.
Todo estaba listo.

El reloj marcaba las 19:20 horas del viernes 28 de agosto cuando, después de la tercera llamada, apareció en el escenario del Instituto de Servicios Culturales Tijuana Erika Soto, quien dio la bienvenida al público y comenzó a contar cómo nació este homenaje a Frida Kahlo y por qué la pintora se convirtió en la inspiración de aquella noche.
Después llamó al escenario a Óscar Ruíz: Psicólogo y artista. Ruíz explicó que el concierto, los poemas, el libro y el disco que acompañaban la presentación formaban parte del cierre de un diplomado en Tanatología, especialidad en la que ahora se desarrolla profesionalmente.
Pero aquella noche no parecía tratarse únicamente de concluir un diplomado. Parecía tratarse de entender qué hacemos con aquello que perdemos.
Del duelo a la canción
Después de la primera parte del programa, la presentación y bienvenida y luego de un breve intermedio. El público aprovechó esos minutos para refrescarse, ir al sanitario y, para quienes quisieran llevarse un recuerdo de aquella noche, adquirir el disco y el libro que complementan Historia de un amor, nombre que también lleva este homenaje. Al regresar, algo había cambiado.

Óscar Ruíz volvió al escenario, pero ya no era solamente Óscar Ruíz. Con sombrero y zarape sobre el hombro izquierdo, tomó el papel de «El trovador» y, visiblemente emocionado, comenzó a construir una atmósfera distinta. Una de calma, intimidad y nostalgia.
Llamó entonces a quienes serían sus acompañantes en el escenario: Erika Soto, Jessica Lau, Mariano Tonatiuh y el maestro y productor del disco, Víctor Gastélum, quien, guitarra eléctrica en mano, dio inicio a la primera canción de la noche: Las ciudades.
A partir de ahí, música y poesía comenzaron a contar una misma historia.
Erika y Mariano fueron leyendo algunos de los poemas escritos por Ruíz, que, podemos encontrar en el libro, mientras el propio artista nos llevaba hasta Coyoacán, lugar al que viajó con el corazón un poco roto con la intención de sanar un amor no correspondido.
Coyoacán apareció entonces no solamente como un lugar geográfico, sino como un espacio para atravesar el dolor. Porque hay heridas que no se explican. Se sienten.
Y quizá por eso, el trovador comenzó a caminar por sus calles buscando una manera de sobrellevar su duelo. Poco a poco, aquella historia personal comenzó a convertirse en una experiencia compartida con quienes estábamos sentados frente al escenario.
Siguieron canciones como No soy de aquí ni soy de allá, Historia de un amor, que da nombre al homenaje, Toda una vida y Si Dios me quita la vida. Cada canción parecía abrir una nueva habitación dentro de la misma historia.
Una historia que también es de Frida
Y entonces la presencia de Frida Kahlo comenzó a adquirir otro significado.
Porque si algo atraviesa la obra de Frida es precisamente la capacidad de transformar el dolor en una forma de expresión. Convertir una herida en pintura. Hacer del cuerpo, del amor, de la pérdida y de la soledad una manera de decir aquello que a veces las palabras no alcanzan a explicar.
No solamente como homenaje a una artista, sino como acompañante de una historia sobre el duelo.

La velada continuó y el público comenzó a hacerse parte del espectáculo. Las voces de quienes estábamos ahí se sumaron a las del escenario con Paloma negra, Vámonos y Esclavo y amo.
Ya no éramos únicamente espectadores.Éramos parte de aquella historia de amor.
El momento más emocionante de la noche, fue cuándo El trovador entabló una conversación con Frida y a la extraordinaria voz de Jessica Lau, como Frida, agradeciéndole su sentido homenaje.
Para el cierre llegaron Se me olvidó otra vez y El último trago. Esta última canción fue coreada por todas y todos los asistentes a una sola voz, en uno de esos momentos en los que la música deja de pertenecerle al artista y se convierte en algo colectivo.
Por unos minutos, el duelo de una persona se volvió el recuerdo de muchas.Y quizá ahí estuvo una de las mayores virtudes de la noche. Porque no hacía falta haber vivido la misma historia para reconocer la sensación de perder, extrañar, recordar y finalmente intentar soltar.
Cuando el dolor aprende a cantar
El espectáculo terminó con las invitaciones de Mariano Tonatiuh a la obra Ora pro nobis, que se presentará en el mismo recinto los días 6 y 13 de noviembre, y de Óscar a Reflexiones del pene: Al chile pelón, el viernes 4 de septiembre a las 19:00 horas, también en las instalaciones del Instituto de Servicios Culturales Tijuana. Y a una futura presentación de Historias de un amor, en la Casa de la Cultura Tijuana.

El espectáculo terminó, pero la noche todavía no había terminado del todo. Una vez que las luces comenzaron a bajar, varias personas del público se acercaron a Ruíz para tomarse fotografías con él, entregarle flores y pedirle que firmara los libros que habían adquirido durante el intermedio.
Por unos momentos, el escenario dejó de ser esa frontera que separa al artista de quienes lo observan. El trovador que minutos antes había compartido sus canciones, sus poemas y una historia nacida desde el duelo, ahora conversaba, sonreía y recibía el cariño de quienes habían acompañado el recorrido.
Quizá era la última escena de Historia de un amor: después de convertir una experiencia íntima en música y poesía, aquella historia encontraba finalmente otros rostros, otras manos y otras voces dispuestas a hacerla también un poco suya.
Óscar Ruíz nos llevó por un recorrido que podía reconocerse en las distintas etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y, finalmente, aceptación.
Y quizá esa sea la razón por la que Frida Kahlo parecía estar presente desde el primer momento. Porque hay dolores que no desaparecen simplemente porque pase el tiempo. Quizá el vínculo entre Frida Kahlo y Óscar Ruiz no está solamente en el amor o en el dolor, sino en lo que ambos decidieron hacer con aquello que les dolía.
Frida convirtió muchas de sus heridas en pintura. Su cuerpo, sus pérdidas, sus amores y sus separaciones aparecieron una y otra vez en sus autorretratos, como si pintar fuera también una manera de mirarse de frente y tratar de entender aquello que estaba viviendo.
Óscar parte de un dolor distinto: el de un amor no correspondido. Pero el camino parece encontrarse en un mismo punto. En lugar de guardar el duelo en silencio, lo transforma en poemas, canciones y recuerdos; lo convierte en una historia que puede ser contada y, sobre todo, compartida.
Ella pintó sus heridas. Él decidió cantarlas.
Aquella noche, un corazón roto encontró en la música una manera de hablar de lo que dolía. Y mientras el trovador cantaba, quizá más de uno en el público reconoció alguna de sus propias heridas.
Al final, tal vez sanar no significa olvidar. Tal vez significa aprender a contar la historia sin que vuelva a doler de la misma manera.
Y si Frida convirtió sus heridas en arte, aquella noche Óscar Ruíz hizo algo parecido: tomó un amor que no pudo ser, atravesó su duelo y lo convirtió en canción.

Porque, a veces, cuando el corazón no encuentra cómo sanar, encuentra cómo cantar.

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