Hay quienes observan fronteras y quienes las habitan. No es simplemente vivir en Tijuana y trabajar en San Diego, es vivir atorado en una fila durante varias horas, es vivir a escondidas de las leyes con el fin sacar adelante a la familia, es compartir la mesa y sentirse aún distantes de tus seres queridos, y es la realidad de muchas familias en las que el sostén usa su visa de turista para laburar en Estados Unidos a falta de oportunidades y empleos dignos en México.
Y es que a pesar de ser dos ciudades en dos países, la frontera se ha convertido en un espectro que habla su propia lengua y no hay departamento, secretaría o consulado capaz de domarla. No la habita el veterano que vacaciona en Rosarito ni el desesperado que atraviesa el desierto, sino el mexicano que en vez de ejercer la carrera que estudió, cruza todos los días para trabajar de lo que sea que le dé los suficientes dólares para mantenerse en México.
En la película Entre dos tierras, del director Raúl Sebastián del Callejo, la distancia entre hogar y empleo es el menor de los problemas de Rodrigo (interpretado por Rodrigo Zapién), quien mantiene una compleja relación con su hijo y aún no ha revelado a su nueva pareja su verdadero empleo. La noticia de un virus que se ha convertido en pandemia amenaza con el cese de actividades donde trabaja y el insólito cierre de la frontera más transitada del mundo.

Envueltos en esa incertidumbre, el desarrollo de los personajes se quedó en lo externo: el cambio del estilo de vida, como estudiar desde casa o llevar cubrebocas en el trabajo. Cada uno parecía más concentrado en representar su rol (el padre trabajador, la abuela preocupada y el adolescente rebelde) mas no una personalidad interesante que se notara en la intimiad del hogar. Por momentos, las conversaciones entre padre e hijo se sentían más concentradas en la elocuencia del discurso que en lo complejo de su relación. La dirección parecía más enfocada en el retrato bien iluminado y decorado que en la creación de protagonistas tan entrañables como complejos.
El relato cumple al representar el histório hiato y las repercusiones en una familia ya fragmentada, pero cae en el cliché de la moraleja fácil a través de una historia predecible. Sin mayor propuesta artística, la película es una apuesta segura sin riesgos narrativos que puede llegar a ser amena, sin más.

La frontera física que vergonzosamente se extiende hasta unos metros hacia el mar, a pesar de las visas, la migra y los absurdos cuestionarios, nos sigue manteniendo conectados a nuestros seres queridos del otro lado. Nos acoge a pesar del frágil ego de quienes la erigieron, aún cuando todo era una sola cosa. Siempre será interesante escuchar las historias de quienes la habitan, pues aún siendo el mismo muro, nos hace sombra diferente a cada uno.

Deja una respuesta